El Pregón de la Higuera (II)
Mientras creamos haberlo dicho todo cuando acusamos al andaluz de holgazanería, seremos indignos de penetrar el sutil misterio de su alma y su cultura...(...)La famosa holgazanería del andaluz es precisamente la fórmula de su cultura. La cultura no consiste en otra cosa que en hallar una ecuación con la que resolvamos el problema de la vida. Pero el problema de la vida se puede plantear de dos maneras distintas. Si por vida entendemos una existencia de máxima intensidad, la vida nos obligará a afrontar un esfuerzo máximo. Pero reduzcamos previamente el problema vital, aspiremos sólo a una vita mínima: entonces, con un mínimo esfuerzo, obtendremos una ecuación tan perfecta como la del pueblo más hazañoso. Este es el caso del andaluz. Su solución es profunda e ingeniosa. En vez de aumentar el haber , disminuye el debe; en vez de esforzarse para vivir, vive para no esforzarse, hace de la evitación del esfuerzo principio de su existencia. (...)
Despues de todo como decía Federico Schlegel, es la pereza el postre residuo que nos queda del paraiso, y Andalucía el único pueblo de occidente que permanece fiel a un ideal paradisíaco de la vida. Hubiera sido imposible tal fidelidad si el paisaje en que está alojado el andaluz no facilitase ese estilo de existencia.
Para el hombre que llega del norte es la luminosidad y gracia cromática de la campiña andaluza un terrible excitante que le induce a una vida frenética. Esto le lleva a suponer que la existencia andaluza sería también frenética si la indolencia no la deprimiese. Imagina que este pueblo posee una gran vitalidad, y, cuando ve pasar a las sevillanas de ojos nocturnos, presume en sus almas magníficas pasiones y extremados incendios ¡Grande error! No cae en la cuenta de que el andaluz aprovecha en sentido inverso las ventajas de su medio. El pueblo andaluz posee una vitalidad mínima, la que buenamente le llega del aire soleado y la tierra fecunda. Reduce al mínimo la reacción sobre el medio, porque no ambiciona más y vive sumergido en la atmósfera deliciosa como un vegetal. (...)
Pues bien: a un andaluz le parecen igualmente absurdas en el inglés o el alemán la manera de trabajar y la manera de divertirse, ambas sin mesura, desintegradas la una de la otra. Por su parte prefiere trabajar poco y también divertirse sobriamente, pero haciendo a la vez lo uno y lo otro, infusas las dos operaciones en un gesto único de vida que fluye suavemente, sin interrupciones ni sobresaltos, como un perfecto adagio cantable. Diríase que, en la vida andaluza, la fiesta es menos orgiástica y exclusiva, el domingo más lunes y miercoles que en las razas del norte.(...)
Es indecible cuanta fruición extrae el andaluz de su clima, de su cielo, de sus mañanitas azules, de sus crepúsculos dorados. Sus placeres no son interiores, ni espirituales, ni fundados en supuestos históricos. De todo esto ha aceptado el mínimo que la presión de la época le imponía. (....)
El andaluz aspira a que su cultura se parezca a su atmósfera. Para él, lo andaluz es primariamente el aire de Andalucía. La raza andaluza, el andaluz mismo, viene despues... Todo andaluz tiene la maravillosa idea de que ser andaluz es una suerte loca con la que ha sido favorecido. Como el hebreo se juzga aparte entre los pueblos, porque Dios le prometió una tierra de delicias, el andaluz se sabe privilegiado porque, sin previa promesa, Dios le ha adscrito al rincón mejor del planeta. Frente al hombre de la tierra prometida, es el hombre de la tierra regalada.
En esta ocasión el pregón lo ha dado Ortega y Gasset (Teoría de Andalucía) en respuesta al estatú andalú.