Berzerk, la furia animal
Sembraron el terror durante 300 años aniquilando las costas del norte de Europa. Eran imbatibles, impresionantes guerreros siempre deseosos de entrar en combate para saquear y asesinar. Armados con hachas de mano, lanzas de fresno, arcos infalibles que disparaban gracias a cabellos de mujer tensados… dicen que así estos guerreros jamás fallaban un tiro.
Sus drakkar recorrieron los mares de Europa e incluso llegaron a América 500 años antes que Colón. Con 20, 50 o hasta 100 remos, estas veloces embarcaciones sembraban el caos en las poblaciones vecinas cuando eran avistados. Su presencia era símbolo de muerte y destrucción, de poblados ardiendo y cientos de cadáveres cubriendo el suelo. Sus razzias eran implacables y mortíferas. Hablo, por supuesto, de los vikingos.
Alimentados por la fuerza de su dios Odín, recorrieron el mundo combatiendo con todo aquel que se encontraron, y también entre ellos. Su máximo honor era morir en combate. Entre los vikingos ningún hombre moría de viejo, no era posible tal deshonor. La guerra les daba la vida y se la arrebataba, vivían por y para el combate. Los vikingos morían matando en el campo de batalla, aferrados a su poderosa espada en la que se encontraba escrita la palabra ‘Odín’, su gran dios. Tras la muerte del guerrero, las Valkirias lo llevaban al Valhala hasta el día del Ragnarok, el juicio final. Ese era el mayor honor de los vikingos, y dedicaban su vida a ello.
Sin embargo, tras esta amplia introducción, no voy a hablar de los vikingos en general. Mejor dicho, no de todos ellos, sino que voy a centrarme en los más increíbles guerreros que ha visto jamás la historia; tan terribles como desconocidos en la actualidad. Fueron un poderoso linaje dentro de los vikingos, los llamados berzerk.
Según la leyenda, fueron creados por Odín. Ellos eran considerados licántropos, de hecho berzerk significa ‘piel de lobo’. Han sido los guerreros más salvajes en el combate, los más sangrientos, los más valientes… pero en realidad no eran los más valientes, puesto que no hay que confundir el coraje con la locura. Los berzerks estaban siempre nerviosos, siempre prestos al combate, eran la fuerza de choque de los vikingos, y ansiaban la batalla. Todo en su vida era la violencia, la fuerza, el morir luchando… parecían poseídos en la contienda.
Se dice de ellos que no podían soportar la visión del enemigo, no eran capaces de contenerse. Antes de que el resto de vikingos entraran en acción, en muchas ocasiones ellos salían de sus líneas corriendo hacia el enemigo para destrozarlo. A veces, cuando la batalla era naval, se volvían locos, asomados en el borde de los barcos, mordiendo los escudos con bocados salvajes… si no llegaba pronto el combate eran capaces de asesinar a sus propios compañeros. De hecho, el resto de vikingos les temían. A veces el aliado más poderoso podía convertirse en un terrible enemigo.
Tenían una sed de sangre insaciable, inusitada, jamás se ha visto algo parecido. En muchas ocasiones caían al agua y se ahogaban, pues no podían soportar la espera e intentaban abordar el barco enemigo cuando todavía se encontraba a demasiada distancia. Eran auténticos animales de la guerra, poseídos por una furia irracional que no atendía a explicaciones, sólo al acero de sus espadas.
En un combate normal vikingo, los drakkar llegaban a la costa y tras llegar a tierra se aproximaban a los rivales protegiéndose de las flechas con sus escudos, en perfecta formación. Avanzaban hasta llegar cerca de sus enemigos, sin importarles las flechas. Una vez ponían el pie en el suelo, sólo sabían avanzar y destruir. Soportaban a las defensas enemigas para, de repente, lanzar su ataque.
Pero antes de eso, los berzerk se quitaban los cascos y las armaduras, y lanzaban también sus escudos. No los necesitaban, no iban a defenderse. Se situaban en la retaguardia vikinga hasta el momento del ataque. Entonces, trepaban encima de sus compañeros, usando sus escudos como escalas, avanzaban entre terribles alaridos y se lanzaban como lobos salvajes encima de sus contrincantes con enormes saltos. Armados con enormes hachas, caían sobre sus enemigos como una ola imparable de metal. Sus rivales nada podían hacer, tenían el infierno sobre sus cabezas. Seres insensibles al dolor, sin escudos ni protecciones, sesgando vidas como posesos con evidente placer mezclado con una enorme dosis de locura, gritando y aniquilando en una orgía de sangre y muerte.
Ninguna defensa es posible ante quien no siente el dolor, ante quien no tiene miedo a nada, ante demonios de una furia inhumana. La victoria vikinga era incuestionable. Cuando llegaba el triunfo, los berzerk, aquellos salvajes hombres lobo eran los primeros en entrar para degollar, violar, saquear, quemar… cuando un poblado era atacado, no había posibilidad para la vida, sólo quedaban destrucción y caos en unos pocos minutos. Un torbellino demoníaco arrasó las costas europeas durante tres largos siglos.
Tras el combate, muchos berzerk quedaban tendidos muertos en el suelo, malheridos, desangrándose… otros quedaban en medio de terribles convulsiones, sacando espuma por la boca, profiriendo enormes gritos… y es que estos locos del combate eran una estirpe decadente y enferma. Padecían ataques de epilepsia y eran paranoicos y dementes. Cuando los vikingos se convirtieron al catolicismo, la Iglesia los marginó, los apartó, y esta tribu enferma vivió al margen de la sociedad, habitando bosques hasta su completa desaparición.
Antes de caer en desgracia, los berzerk fueron tan temidos y admirados que muchos reyes los contrataban como guardia personal. Era frecuente que los monarcas dispusieran de una docena de berzerk como símbolo de poder. Nunca se conoció tropa más feroz que ellos.
Entre los vikingos también había una hermandad aparte, los yull viking, una rama de guerreros que no admitían autoridad y se ofrecían como mercenarios al rey que quisiera disponer de sus servicios. Hubo algunos en España, especialmente contratados por caudillos gallegos. En una ocasión llegaron a pelear en Sevilla contra los sarracenos, aunque fueron derrotados debido a su escasísimo número. Vivían solos, sin mujeres ni niños, y sólo los mejores soldados entraban en estas hermandades. Una de sus leyes era la de no tomar prisioneros. Todo aquel que se enfrentaba a ellos y era derrotado moría.
Los mejores soldados, los más valientes, los más salvajes… y entre ellos los berzerk, la furia animal de los hombres lobo, los guerreros invencibles que, por algún motivo, han caído en el más oscuro olvido.