Alifa en el Batracio Amarillo (III)
A fin de cuentas todo esto son propuestas, castillos en el aire humeando... avistados desde la atalaya donde nos reunimos. Lugares inhóspitos desde el Monte Alifa. Deshacemos los esquemas a la sombra de El Conjuro. Podemos ver al pueblo de Motril, que cada día sobrevive milagrosamente a su propia desidia, inmerso en la parsimonia de una de las aficiones más ancestrales del Mediterráneo: dejarse transformar por lo que venga...
Pero no por un puñao de higos o de casas vendidas al mejor postor, por donde corretean la inocencia y la brutalidad de la mano como dos hermanos.
Pero no por una política tan avanzada que vende nuestras tierras de riqueza. A este paso sólo nos quedará Chirlos-Mirlos y poco más.
Pero no por los partidistas votados y rebotados que esperan pasivos, como el caimán, su ración: Antes los amiguetes del “Venga ponnos otra que paga éste”, con una bandera progresista en lo alto de la bribonería; Ahora los que sintonizan con la Iglesia y cierran el oido en torno a ella, que tiene tanto poder...
Pero no por las instalaciones que hace treinta años levantaron la Costa del Sol. Ese pan ya está rancio. La Plaga devoró gran parte del litoral andaluz y ahora sólo quedan los carroñeros chupando y chupando. Ahora el turista busca parajes nuevos, quizá menos hechos a su medida.
En Europa (o más bien, donde están los euros), los cambios se producen con la rapidez con la que se cambia de coche. Aquí vamos a nuestro ritmo de mula, sagrado él, y luego resulta que hay más coches que criaturas en un pueblo que pretende ser ciudad por cojones, o al revés.
Ni que decir tiene que están todos en venta: Los políticos de Motril y todo el pueblo, de puertas pa fuera. Porque de puertas pa dentro es imposible gobernar lo que lleva tantos miles de años ocultándose bajo las piedras...
Atentamente,
El ciudadano de los cojones.
La responsabilidad de cada cual es la innata, y sólo se ha vetado quien no conocía sus límites. (El del Callao)