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Mientras los animales vigilan


Fotografía: F. Echeagaray

Solamente siente las hojas bajo sus pies descalzos.
Todo está en calma.
El silencioso bosque, la oscura noche y el tímido frío acompañan la danza de su cuerpo desnudo.
Ella camina sin descanso a través de la oscuridad. Está perdida en el bendito bosque, allí donde las aguas son de plata, allí donde los animales hablan lenguas antiguas.

Se balancea, susurra... hace lo que debe hacer.
Hace lo que hizo su bisabuela, su abuela y también su madre. Así es como debe hacerlo ella ahora. Tiene sed, la luz de las estrellas llena su espíritu de energía y nada importa.
La inmensidad del bosque la acuna, debe escuchar su cuerpo, atender sólo al susurro constante de su alma y dejarlo venir.

Por eso, se había desprendido de sus ropas, había purificado su cuerpo con hierbas y sales y estaba en el bosque. El bosque frente a la casa de su madre, donde quería que aquello ocurriera, allí... mientras los animales vigilan.

Está sola, así lo desea. Lo siente llegar. Se agacha, camina de rodillas, con las manos como un animal y deja que su cuerpo decida. Los músculos se contraen y grita. La intensidad es brutal. Sonrie y se relaja. Al cabo de un momento vuelve la sensación... se acerca, ella lo sabe y se abandona al placer.

Aprieta los dientes, levanta la cabeza, puede oir como se abren sus caderas, su espalda se arquea, gime, aulla fuerte, se relaja otra vez y... vuelve de nuevo. Una pequeña cabeza asoma por el cuello de su útero, ella lo sujeta mientras el pequeño cuerpo se desliza hasta aparecer completo y entonces se encuentran. Se miran. Pueden, por fin, olerse, tocarse, sentirse, reconocerse... La madre y el hijo, por primera vez y para siempre ya.

Alaia

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Comentarios

Genial. Me ha encantado.

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