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Código ético

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Me preocupa mucho más el activismo digital, la capacidad de ampliar el espacio público, el debate democrático y los estímulos críticos que se pueden enviar a la sociedad por los nuevos medios digitales que los límites de esa acción.
En la era de la corrección política ningún código más necesario que el de los hackers, los piratas, los ciberdisidentes, los agitadores en internet y en la calle.
Para códigos ya están los demás.
El verdadero problema de la posmodernidad es cómo fagocita cualquier movimiento crítico y lo convierte en una fortaleza para el sistema.
Es el debate clásico de la sociología y la política posterior a los idealismos del 68. Ahora que surgen los políticos postsesentayochistas, los que superan la brecha generacional de los baby boomers, ya todo vale.
El fin de las ideologías. Son tecnócratas, de mirada global, cómodos con la tecnología, más idealistas, menos ideológicos y menos interesados en viejos debates. Son el sistema y están cómodos en él. Así los definen.
Políticos blandos para la piel susceptible del ciborg sentimental.
Y con ellos religiones a la carta con dioses domésticos y otros sistemas de tranquilidad asegurada a mayor gloria del macrocorporaciones de lo global. Por cierto, estos días se celebra el gran sarao de Davos. El espectáculo del poder blando.
Protestas y estás en el sistema. Estos días se celebran los 30 años de The Clash y los Sex Pistols andan por ahí de nuevo como una parodia de sí mismos.
El Clandestino de Manu Chao ya es un clásico de las listas de éxitos y todos nos cortamos al hacer pintadas porque tenemos asumida una cierta noción tranquila del espacio público.
Da miedo apoyar a los revolucionarios. Enseguida te tachan de terrorista.
Pero sigo de acuerdo con JM Coetzee y su recuperación de la teoría clásica de la democracia como el mejor sistema de perpetuar el poder. No como la mejor forma de gobernar para los ciudadanos.
Por eso, para que la democracia sea algo más que una interfaz débil del poder, para que no siga gobernada por los siete samurais de Akira Kurosawa, el activismo es imprescindible.
Sin reglas.
O con ellas.
Pero activismo.

(...)

Juan Varela (periodistas21)

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