Cuando me dijeron que si quería viajar a Rosario para asistir al homenaje al Che por el 80 aniversario de su nacimiento no me lo pensé dos veces. Era un viaje organizado y me quitaría problemas logísticos. No sabía que "organizado" puede tener otro significado en la Argentina. Lo único que estaba organizado era el transporte en una furgoneta de la facultad de políticas de la universidad de Cuyo. Analicé el por qué y me salió que porque era gratis.
La primera noche la pasamos esquivando los reivindicativos y egoístas cortes de rutas. Kilómetros y kilómetros de caminos de tierra a 30km/h rodeando piquetes a los que no faltaban ni la parabólica, ni el plasma, ni el asado…
La llegada, en la mañana del sábado 14, ya dio las primeras pistas de lo que se avecinaba. Empezaron problemas con el dinero del fondo común, que pagamos cuatro de diez, y comenzaron "debates políticos" acerca de la economía. El gallego que escribe no tomó vela en ese entierro. Se dedicó a escuchar los "judíos" argumentos de sus compañeros de viaje mientras veía en la acera de enfrente la Casa de Catalunya. ¡En Rosario! Catalanes, discusión de "políticos" por dinero, ¿a qué me suena a mi esto…?
Finalmente, una vez se aclaró todo, decidieron, feliz idea donde las haya, comenzar el día sin tener el techo asegurado. Y así fue pasando, entre discursos (oir a Aleyda Guevara si que me emocionó), pancartas, marchas y una primera toma de contacto matutina con el manso y sugerente Paraná. De sobra es sabida la relación del hombre con el agua, pero en el hemisferio norte no abundan los ríos que parecen mares, y me noté cierta atracción hacia ese fluir de barro liquido tan ingente. Quizá también por ser lo único estable y constante que podían mirar mis ojos.
Y llegó la noche, y el hambre, y las sombras, y el neón,… todo llegó, todo llegaba menos la cama. Deambulamos horas y horas por Rosario buscando, infructuosamente, ocho camas libres. Finalmente, en un hostel que albergaba un encuentro de hermandad argentino-cubana (el gobierno castrista había pagado la totalidad de la pensión) nos permitieron, no sin ciertas reticencias que sonaban a todo menos a hermandad, quedarnos. Por cama obtuvimos el suelo, con colchón entre medias unos y saco de dormir otros. El que suscribe tuvo la tremenda oportunidad de dormir en una butaca de la sala común. Y como un búho conseguí cerrar los ojos un par de horas. Todo por veinte módicos pesos que a saber quién se llevó en el bolsillo.
El domingo fue más tranquilo en cuanto a la relación entre nosotros. De nuevo paseo por la ribera del Paraná, puestos de artesanos, gente tumbada al sol,… Y llegó la hora de la comida. Sugerí comer unos choris sentados en el manto verde que abraza al río. Pero no, no, buscaríamos un restaurante para comer a gusto tras el ajetreado día anterior. Tormenta a la vista. Preguntamos en cinco restaurantes antes de dar con el adecuado. En el tiempo que transcurrió hasta que llegamos a el tercer restaurante, hubiéramos comido y hecho la digestión veinte veces, o más…Pero arribamos a buen resto, igual de caro que el primero, y comimos. Durante la ingesta pude observar qué poco predicaban con el ejemplo estos compañeros ¿comunistas? En vez de donar el trozo de pizza al que terminó lo suyo y tiene hambre aún, se lo comen, porque les toca esa porción, aunque les vaya a salir por las orejas. Quizá por tener algunas proteínas favoreciendo lentamente la sinápsis de mis neuronas, me atreví a rebatirles un argumento que no cabía en un grupo de estudiantes marxistas. Las palabras concretas no las recuerdo exactamente, perdonen esta ausencia, pero daban a entender que primero había que salvar a la Argentina y luego ayudar a sus hermanos vecinos de Latinoamérica. O sea, hacer el bien mirando a quién, en vez de unirse. Bastó con preguntarles por dónde empezó la revolución Guevara, que era argentino ¿no?, para que se callaran y siguieran deglutiendo alimentos con la boca que, en ese momento era para lo que mejor les podía servir.
Al "hombre nuevo" que pregonó el Che no le pude ver por más que me ilusionó en el previo del viaje la idea de encontrarme miles.
El festival de la tarde a orillas del río, con el monumento a la bandera de testigo impasible ante tanta incongruencia, fue un broche final que mereció la pena. Adolezco bastante ignorancia acerca de los ídolos nacionales en cuanto a música y conocer a León Gieco cantando "Cinco Siglos Igual", con cincuenta mil almas abrazadas gritándola al unísono, fue una sensación que me costará olvidar, en caso de que quisiera. Por tres minutos y medio pude ver, por fin, a tanta gente en una misma dirección.
La vuelta fue bastante más tranquila. El cansacio, en forma de sueño aplastante, recortó el viaje a dos horas. De vuelta en Mendoza, las reflexiones empezaron a asentarse cada una en su lugar. Mientras yo estuve todo el tiempo en una situación de nervios intensos, ellos no aparentaban más preocupación que la de no haber asistido a todos los actos que se pretendía. Ustedes, los argentinos, y por ende Latinoamérica, saben vivir en este caos. Y es lógico. Vinimos los gallegos a exterminar culturas, robar plata y oro, alterar las plantaciones autóctonas devastando tierras,… Creamos el más vil de los caos en el que tristemente veo sumida aún a Latinoamérica y es que no hace tanto que esto pasó. Y sigue pasando por medio de "telefónicas" y "bebeuves". Intenté, los primeros días de mi estancia aquí, encontrar porqués y soluciones a la situación de este rincón del mundo. Mi porqué lo acaban de leer. Y la solución, tras el esclarecedor viaje a Rosario, determino que no existe. O si. Pero supondría poner de acuerdo a millones y millones de sudamericanos. Y me da que va a costar mucho esa empresa. Quizá el agua, que tanto empieza a escasear en el globo, podría ser la llave para devolver la calidad de vida que tuvieron las civilizaciones nativas. Pero me temo que, los mismos que dicen luchar por el pueblo, venderán el agua a precio de saldo al resto del mundo.
La historia siempre se repite, pues se olvida.
Fotos y texto:
Nordín